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Liga, ligazo y ligero
Por:
Kike Kaos
May 28, 2008
A veces no
las vemos. Son tan cotidianas que se vuelven invisibles, hasta que alguien, muy
travieso, las estira hasta el límite y nos la tira contra la nuca cuando
estamos mirando para otro lado. ¡Ay!, gritamos, buscando de inmediato, a
izquierda y derecha, al mustio que nos arrojó el ligazo, mientras nos sobamos
la cabeza. “¡Si tuviera la resortera conmigo, ya verías, c…!” Al final, la
sonrisa y fingir la vista perdida, escudriñando por donde cayó la liga, delatan
al travieso. No queda otra que jalarle la oreja y darle un buen zape: “¡pa’que
aprenda a no dar lata!” Y hablando de ligas, en ocasiones mi mujer se pone una en la
muñeca para recordar que no debe perder los estribos. Cuando siente que ya no
puede más y que la desborda su mal humor, jala la liga y la suelta, para que el
dolor la tranquilice… Si eso no sirve, cuenta hasta cien.
Las ligas, en inglés rubber
bands, vienen en todos los tamaños y sirven para infinidad de usos. Son
empleadas para “ligar” paquetes, para atarlos, o para hacerse una colita de
caballo, o para tensar los dientes chuecos cuando se quieren corregir, o para
ejercitar los músculos, llevándolos al extremo.
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El país que más consume ligas no es México, como cabía esperar,
sino Estados Unidos (venden cada año más de 30 millones de kilos de ligas), y
en ese país la entidad que más ligas utiliza es la Oficina Postal, que compra
toneladas de bandas de goma cada año para “ligar” sobres y cartas…, aunque los
repartidores de periódicos también atan con ellas las páginas de los diarios.
Las elásticas y resistentes ligas sirven, además, para unir los
tallos de cada ramo de flores, para asegurar los archivos en una oficina de
gobierno, para ajustar las medias de los futbolistas, para juntar los
pinceles…, para que los coches no pierdan el ritmo y para tantas cosas, que
vale la pena hacer reconocimiento muy merecido a su inventor, Stephen Perry,
que el 17 de marzo de 1845, obtuvo la patente de la liga.
¿Cómo se hace una liga?
El hule,
como todos saben, fue redescubierto por los exploradores europeos en América. Ellos
observaron que algunas plantas que sólo crecen en las regiones tropicales
vertían sobre su tronco una sustancia lechosa; pero antes, ya los mayas aprovechaban
esta sustancia como calzado a prueba de agua (¿antecedente de los zapatos tenis?),
como pelotas para sus juegos ceremoniales y como botellas para transportar
líquidos. La sustancia conocida como hule fue descrita en 1770 por el químico
Joseph Priestley. Más tarde, se percataron de que el hule se disolvía en trementina
y producía un líquido que podía ser aplicado en la ropa para hacerla
impermeable.
Sin embargo, la sustancia no era fácil de controlar ya que
perdía propiedades si se alteraba el clima. A comienzos del siglo XIX, tuvo
lugar un accidente que multiplicaría el potencial del hule. Un empeñoso
inventor, Charles Goodyear, estaba intentando algunos métodos para refinar el hule
natural cuando, por descuido, dejó un trozo de hule crudo en una estufa donde
había restos de azufre y plomo. Con el calor las sustancias se mezclaron y el
hule adquirió mayor consistencia y textura. Era el año 1839, y Goodyear necesitó
cinco años más para perfeccionar su hallazgo y convertirlo en una mercancía con
innumerables aplicaciones. En honor al dios Vulcano, bautizó a su proceso como
“vulcanización”.
Un inglés llamado Thomas Hancock, como no tenía nada mejor
que hacer, cortó en rodajas una botella de hule de los indígenas americanos y obtuvo
las primeras ligas, que no le servían de mucho porque como aún no estaban
vulcanizadas apenas si se podían estirar. Sin embargo, la idea que tuvo Hancock
un día de 1843 prosperó en la incipiente industria del hule cuando se
desarrolló la “máquina masticadora”, una precursora de la moderna hiladora de
hule que servía para elaborar bandas de hule y otros productos afines. Fue entonces
cuando el ya mencionado Stephen Perry patentó la liga, o la banda de hule y
abrió una primera fábrica.
Al concluir ese siglo, los británicos ya se habían hecho del
control de esta sustancia y transplantaron masivamente árboles de hule a sus
posesiones de Oriente. Como se sabe, el hule natural proviene del latex, un
fluido lechoso compuesto de agua y ciertas cantidades de resina, proteína,
azúcar y minerales que se dan principalmente en el árbol del hule o Hevea
Brasiliensis, aunque hay otras especies de árboles y arbustos que pueden
producir esa sustancia.
Femely H. Banbury inventó en 1916 la mezcladora que lleva su
nombre en donde no sólo vulcanizaba el hule, sino que podía añadirle algunos
pigmentos para colorearlo y otros químicos para acentuar o reducir su
elasticidad y ofrecer un producto más uniforme.
Desde entonces, antes de convertirlo en ligas, el fabricante
mezclaba la sustancia; la aporreaba, la aplanaba y la cortaba, aún caliente, en
tiras o franjas, y la extruía en tubos huecos; en seguida, la curaba y la
montaba sobre unos postes de aluminio cubiertos de talco, y luego la llevaba a unas
barras donde recibía vapor y calor. Más adelante desprendía la masa de los
postes y la lavaba para remover el talco; en seguida la depositaba en otra
máquina donde la cortaba en rebanadas muy delgadas, es decir, en bandas de hule
que, en seguida, sometía a una tremenda tortura, o sea, a un montón de pruebas
de calidad.
Cuando las bandas de hule, o de goma, estaban listas, se
pesaban y se depositaban en paquetes de 2.2 kilogramos.
Si bien no se espera que las ligas extiendan aún más su
mercado mundial porque ya es un producto muy robusto, su futuro está asegurado,
sobre todo como proyectil, ya que siempre habrá un pesado en clase, o en la
oficina que esté apuntando a la oreja de los compañeros que se descuiden.
Por cierto, ¿sabía usted que las ligas duran más si las mete
uno en el refri?
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Las corrientes y los desperdicios
Las corrientes
y las mareas transportan botellas, bolsas, latas y un montón de desechos desde
la costa hasta el centro de los llamados giros oceánicos, zonas en las que los
vientos se vuelven holgazanes y las corrientes se sofocan, lo que provoca que
se acumulen en estos puntos miles de toneladas de inmundicia que dilatarán décadas
en desaparecer. A veces los residuos flotantes ocupan una extensión equivalente
a dos veces el tamaño del estado de Texas que es el segundo mayor de Estados
Unidos, con una superficie de más de 650.000 km2, por detrás de
Alaska.
Enric Sala, un biólogo investigador del Centro Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC) y explorador de National Geographic, cruzará
el Pacífico en un barco hecho con botellas de plástico recicladas. Según Sala,
el problema no es sólo estético, sino que supone un grave peligro para las
especies animales que habitan estos ecosistemas, como aves y peces, muchos de
los cuales fallecen tras ingerir esos residuos.
Otro entusiasta explorador que se apunta al viaje es David
De Rothschild, oveja verde de una prestigiada familia de banqueros, que dedica
la mayor parte de su tiempo a hacer expediciones por todo el mundo para alertar
a la opinión pública de las agresiones que sufre la Tierra a consecuencia de la
actividad humana. El multimillonario, que cambió su vocación de hacer dinero por
otra un tanto más altruista, luego de recorrer la Antártida, el Ártico y
Groenlandia para advertir de las consecuencias del calentamiento global, ha sugerido
llevar a cabo en el barco de vela fabricado con botellas de plástico un periplo
de más de 3.000 millas, es decir, la distancia que separa la costa de
California de las islas Hawai.
Las nuevas propiedades de la madera
Ahora
resulta que la madera se puede hacer más fuerte con el plástico. El proceso es
el siguiente. Se extraen nanocristales de celulosa de materiales de madera,
como árboles y arbustos, y se mezclan con el plástico; lo que resulta será más
fuerte, según hallazgos de un equipo de investigadores del State University of
New York’s Collegue of Environmental Science and Forestry.
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De acuerdo con William Winter, profesor de química y
director del Cellulose Research Institute, “si se agrega una onza (28.35
gramos) de cristales a una libra (16 onzas) de plástico, la resistencia del
plástico se incrementa 3,000 veces”. Además de su uso para fortalecer
plásticos, los nanocristales se usan en aplicaciones cerámicas y biomédicas
como articulaciones artificiales y equipo médico, dijo Winter, quien trabaja
con su equipo con un reactor que puede procesar unos 500 gramos de material de
una vez. Esto es un incremento significante sobre cantidades de 5 gramos que
normalmente se usan en laboratorios.
Otro paso más en el desarrollo de nuevos materiales, y en
este caso, uno con propiedades sorprendentes fue logrado por unos estudiantes
de la Universidad de Chile que transforman la madera en un material más duro
que el acero a partir de madera de haya y de pino, y lo han conseguido,
transformando esta madera en carburo de silicio biomórfico, un carburo que
tiene estructura de diamante y que es casi tan duro como éste.
Para hacerse una idea, el método seguido por los estudiantes
fue similar a lo que sucede cuando la lava de un volcán envuelve un árbol y lo
petrifica: “Tal es la dureza del material logrado por los estudiantes que no
pudo trozarse con una sierra para cortar acero, sino con una sierra diamantada.
De acuerdo con la nota de donde procede esta noticia (Tendencias21),
“esta no es la única forma de conseguir este carburo. También es posible a
partir de arenas o cuarzo de alta pureza y coke de petróleo fusionados en horno
eléctrico a más de 2000º C, pero la novedad radica en que los medios utilizados
en esta ocasión para obtener este durísimo material han sido menos sofisticados
y más baratos, así como la propia materia prima, madera de haya y pino que
posteriormente han petrificado”.
En opinión de los expertos, “las ventajas de este material
son múltiples, tales como una expansión térmica relativamente baja, un alto
ratio fuerza-peso, alta conductividad térmica, dureza, resistencia a la
abrasión y a la corrosión, y mantenimiento de la resistencia elástica a
temperaturas de hasta 1.650º C. Además, el carburo de silicio es una cerámica
conductora de la electricidad y es muy estable a la oxidación”.
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