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Roger Patrón Luján

Soy un loco, romántico, yucateco
Por: Mónica Conde
Feb 26, 2009

Ingeniero Químico de profesión… “y vendedor por vocación”, subrayan sus amigos. Roger Patrón es un empresario nato, y basta permanecer con él unos cuantos minutos para contagiarse de inmediato con su caudalosa visión y entusiasmo por la vida. Visitarlo es como llevarse a los pulmones una bocanada de aire fresco. Por lo menos en la entrevista que concedió en exclusiva a la revista Ambiente Plástico su presencia agradable y simpática nos hizo sentir muy a gusto.



La yuca y el patrimonio de los Patrón

Roger nació en 1928, en Mérida, Yucatán. Fue el segundo hijo del matrimonio formado por Rodol­fo Patrón Tenorio y Sara Luján. Una finca agrícola y ganadera llamada Tepich a la que en esa época sólo se llegaba después de varias horas de viajar en tren y luego de un buen trecho a caballo, era el patrimonio que su familia había heredado de su abuelo Don Adolfo Patrón.

El espíritu emprendedor, au­nado a sus conocimientos de ingeniería mecánica, le habían permitido al padre de Roger organizar una fábrica de almidón de yuca; sin embargo, en esos años la producción era muy lenta. Tras una sucesión de aconteci­mientos; gracias al préstamo de un amigo, luego de una curiosa asesoría y después de muchos experimentos, el almidón, en el año de 1939, finalmente se pudo convertir en dextrina. Este fue el inicio de lo que más tarde se convertiría en Adhesivos Resistol. “Debido a que éramos tres las cabezas que dirigían la empresa, surgió el hexágono compuesto por tres partes como logotipo, el cual todavía distingue a los adhesivos Resistol, además de que, como químicos, el benceno, estaba ahí reflejado como un íco­no de nuestra profesión”, explica Roger Patrón.

Con el mismo espíritu solida­rio de su padre, Adolfo y Roger decidieron estudiar Ingeniería Química. Adolfo, el mayor, ingre­ só a la Facultad de Química de la UNAM y Roger fue enviado al mismo instituto donde se graduó su padre, el Renselaer Polytechnic Institute, en Estados Unidos.

En 1951, Roger regresó a México para aplicar los conoci­mientos adquiridos, y su prime­ra tarea fue la de tecnificar el proceso de secado del polvo de la yuca, lo cual originó que por primera vez en Tepich se intro­dujera la luz eléctrica. Adhesivos Resistol seguía expandiéndose, y había adquirido otras plantas para producir distintos tipos de pegamentos, lo que atrajo el interés de Don Miguel Alemán, entonces Presidente de la Na­ción, quien ofreció a los Patrón el manejo de una planta ubicada en Tapachula, Chiapas, parada pues se desconocía el funcionamiento de su maquinaria.

Fue Roger quien tuvo que irse por varios años, hasta que consi­guió dejar en funcionamiento la dichosa planta y producir almi­dón a partir de yuca, que gracias a la fertilidad de la región, se ob­tenía de buen tamaño y en canti­dades generosas. Esto permitió construir una nueva instalación en Metapa, cerca de Tapachula, donde los Patrón introdujeron los equipos más modernos de la época. De ese modo mejoraron sustancialmente la producción, y redujeron en dos horas un pro­ ceso que duraba varios días en la Hacienda de Tepich.

La todavía empresa familiar de los Patrón seguía creciendo, y de forma simultánea instalaron en la zona metropolitana de la ciudad de México una nueva planta en el fraccionamiento Industrial Va­llejo. Ante tal crecimiento, ya no era posible concentrar el capital y las responsabilidades sólo en la familia, por lo que Don Rodolfo invitó a participar a varios socios, quienes integraron el Consejo de Administración de Adhesivos Re­sistol. Claro, Rodolfo Patrón sería el administrador y director general, Adolfo, el gerente de producción y desarrollo, y Roger, el gerente de ventas. De esta forma, Resistol ce­rraba su primer período e iniciaba una nueva etapa de producción.

 

La época del auge

Los altibajos de la economía mexi­cana que ocurrieron entre los años de 1950 a 1963, no afectaron a Adhesivos Resistol, la cual seguía su crecimiento y diversificación. Ingresó al mercado del triplay con resinas de urea formaldehído y pronto llegó a abarcar el 50% del mercado, compitiendo con compañías norteamericanas.

Roger, desde el área comercial, era el portavoz de las necesidades e inquietudes que generaban sus clientes, y Adolfo se caracterizaba por mantener una investigación constante y abierta a los desafíos del mercado. Así, lograron desa­rrollar los primeros pegamentos hechos a base de acetato de po­livinilo, siguiendo las políticas im­plantadas por el gobierno de sus­tituir importaciones para fomentar la industrialización. Sorteando muchos obstáculos tecnológicos, finalmente nació el Resistol 850. El mercado de adhesivos cambió radicalmente y la empresa alcanzó un crecimiento asombroso. Poste­riormente, la empresa desarrolló otro de sus famosos adhesivos, el Resistol 5000, que resolvió múltiples problemas de adheren­cia en productos de carpintería, calzado y otras industrias.

 

 

De tambores a frasquitos

Por sugerencia de María, la es­posa de Roger, el Resistol 850 se envasó en frascos de 160 g para facilitar su manejo. De esta forma se abrió el mercado detallista, lo cual implicó otra gama de retos hasta entonces desconocidos por la empresa, acostumbrada desde su origen al mercado industrial. Tras una serie de estrategias, colmadas de nuevos desafíos, im­pulsadas por Roger, y un equipo de trabajo altamente comprome­tido con la empresa, la palabra Resistol pronto se convirtió en México en sinónimo de pega­mento. Inclusive en los días que corren, a pesar de que ahora es propiedad de la empresa Henkel, de origen alemán, después de que en octubre de 2003 el Grupo Desc concretara la venta de la di­visión de negocios de adhesivos e impermeabilizantes con dicha empresa. Por cierto, el emble­mático Grupo Desc fue fundado en los años 70 por Industrias Re­sistol, al lado de otras compañías con el propósito de formar una sociedad financiera para cotizar en la bolsa de valores.

Roger fue pionero en impulsar la publicidad. Sus ideas eran tan pegajosas como su producto. A pesar de contar con presupuestos muy limitados, permitieron que la empresa lograra una penetración importante de mercado. “Lo que pega Resistol, nada lo despega”, fue el lema que se adhirió en la cabeza del cliente a partir de los años 1950, y se podía leer en car­teles, cartas, folletos y anuncios pintados en las paredes.

Las oportunidades para Ad­hesivos Resistol seguían brotan­do, y los Patrón, sabían capitali­zarlas. Apostaron con éxito a la integración vertical; compraron empresas de prestigio y se fu­sionaron. La producción, tanto de adhesivos como de lamina­ dos, se multiplicó y construye­ron nuevas plantas. También desarrollaron nuevos productos y obtuvieron permisos petro­químicos para fabricar distintos tipos de resinas y látex. Incluso, la expansión llevó a

Resistol al sector de pinturas.

La empresa mantuvo muchos años su estilo familiar debido a que una buena parte de sus em­pleados habían sido amigos de la infancia, además del espíritu paternalista de don Rodolfo y de sus hijos que contagiaban de entusiasmo y compromiso a todo su personal. Sin embargo, el creci­miento de la empresa afectó pro­fundamente las relaciones entre los trabajadores, de manera que hubo que reestructurarla y Resistol se organizó en Divisiones.

 

Un Regalo Excepcional y otros milagros

Contrariado por las nuevas for­mas de organización, Roger ya no se sentía a gusto con su trabajo, aunque vivía lleno de nuevos retos que lo obligaban a mantenerse siempre ocupado y hasta preocupado. La relación con su hermano mayor se tornó difícil y descubrió que estaba restándole importancia a su es­posa y seis hijos, además de que sentía que algo le hacía falta.

“Para sorpresa de todos, un día decidí renunciar”, recuerda Roger y comenta que entonces se colocó frente al espejo y se preguntó: ¿qué soy y qué no soy?, ¿qué tengo y qué no ten­go?, ¿qué quiero y qué no quie­ro? Por fortuna, gracias a su espí­ritu inquieto, supo cultivar activida­des paralelas a su profesión, como el gusto por la lectura, la escritura, los viajes y la música. Esto lo ayu­dó a encontrar alguna respuesta. “No fue fácil –admite-, responder a mis preguntas, pero llegué a la conclusión de que yo soy un loco, romántico yucateco”.

En esa época, evoca Roger, “fui a visitar a un gran amigo, y me llamó la atención notar que en las paredes de su oficina tenía enmarcados una serie de pensa­mientos que me parecían de un valor especial”. Roger comenta que tiene la costumbre de leer siempre con un lápiz en la mano, y que frecuentemente toma notas y entresaca citas, frases, máximas y pasajes que le parecen intere­santes. “Cuando algunos amigos se dieron cuen­ta de mi afición, me e n v i a b an pensamientos, y fui ampliando mi colección hasta for­mar el primer libro: Un Regalo Excepcio­nal”. Ese fue el primero de los 18 libros que ha publicado hasta ahora.

“Yo no soy escritor, soy re­copilador”, reconoce Roger, sin embargo, basta cruzar una palabras con él para descubrir su afán por la superación perso­nal. “Desde 1975 que edité mi primer libro, he hecho mucho más bien, que cuando fui ejecu­tivo”, asegura, porque ha reci­bido cientos de cartas de gente que le cuenta sus experiencias después de leer el libro. “Esto motivó los siguientes títulos: La Magia de un Regalo Excepcio­nal y Canto a la Vida, que no son otra cosa que lo que mis lectores me dicen que lograron al leer mi primer libro.”

Pero no sólo ha vendido 1.5 millones de libros y colecciones de arte, que consisten en libros impresos y empastados de lujo, como una selección especial de fotografías con temas diversos como la comunicación con Dios o la relación entre padres e hijos, sino que también ha desarro­llado un software financiero, Diagnostik, enfocado al progre­so de las empresas, y participa como consultor y consejero para impulsar el crecimiento de los negocios. También ha grabado dos colecciones de audiolibros: La Alegría de Vivir y Un Paseo por los Clásicos, donde im­prime su pasión por la música de los grandes compositores y ofrece una breve semblanza de cada uno. Pero no sólo los da a conocer, sino que recoge las piezas más bellas y famosas que los distinguieron.

En su interés por hacer llegar su mensaje a todas partes, Un Regalo Excepcional se ha traducido al inglés. Y para res­catar nuestras raíces también escribió una versión en náhuatl, y en maya, en ediciones bilin­gües con español, para que la gente de su tierra también lo conozca.

Como buen ingeniero quími­co, es uno de los pocos enólo­gos en México capaz de catar tequilas con los ojos vendados y reconocer la marca. Y hable­mos de Vino, es otro de sus libros. Pero si el lector desea conocer con más detalle todas las publicaciones de Roger Pa­trón, puede consultar su página www.rogerpatron.com.

 


Exhortación a la industria

“¿Estás segura que es a mí y no a mi hermano, o a mi hijo, a quien quieres entrevistar?...Yo ya no ten­go nada que ver con la Industria Química”, me dijo Roger Patrón al iniciar nuestra charla y, por cierto, me advirtió que si le hablaba de “usted” dejaba de hablar, “por­que es la forma para dirigirse a los viejos y yo no soy ningún viejo”, aclaró. Para mí no había confusión. Sus logros y su fama estaban por delante de él, y varias personas que alguna vez trabajaron bajo su liderazgo lo recuerdan como un gran impulsor de la industria, excelente vendedor, gran moti­vador de personal y alguien que merecía, en todo lo amplio de la expresión, formar parte del pe­queño grupo de quienes han sido designados como personalidades en Ambiente Plástico.

Para soportar mucha de la in­formación del pasado, me otorgó una copia de un capítulo del libro Memorias de una Industria Mexi­cana, que alguna vez publicara IRSA (Industrias Resistol).

A los empresarios, empleados y lectores en general, Patrón los exhorta a que formulen ante el espejo las mismas preguntas que él se hizo para que reflexionen si lo que son, tienen y quieren realmente los satisface y los hace sentirse felices. Si la respuesta es no, entonces alguna vez, asegu­ra, “vale la pena replantear el enfoque de nuestras vidas”.

Y como una aportación a la Industria del Plástico, Roger Pa­trón ha acordado con Ambiente Plástico, a partir de esta edición, publicar parte de sus compilacio­nes, “para que ayuden a motivar un cambio positivo en los lecto­res”, recomendó.




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