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Un testigo de lujo en la industria química



Por: Mónica Conde/Alex Arteaga
Jan 19, 2007

En un libro conmemorativo: “Federico Ortiz Álvarez .En el desarrollo de la industria química de México”, escrito por Horacio García Fernández, bajo el sello de la UNAM -y durante la celebración de los 90 años de la Facultad de Química (1916-2006)-, en una maraña de información de contexto, se destacan datos de este Ingeniero Químico eminente, una verdadera leyenda en la industria y un inolvidable director general de Celanese, quien ahora, para aprovechar todos los minutos de su retiro se ha convertido en un consultor de lujo para las empresas de la industria química .

Los destellos que pueden extraerse de su vida, entre tantas referencias históricas, subrayan su “capacidad, persistencia y genialidad”. Como acentúa el autor: “su legado fue la figura de un líder siempre presente para poder comprender al negocio, a su gente y a su entorno, y a cargo de que se hicieran las cosas del único modo posible: Haciéndolas” .



¿Los Ingenieros Químicos, nacen o se hacen?
Federico Ortiz nació el 29 de mayo de 1928 y creció en el barrio de clase media de Santa María de la Ribera, jugando seguramente en su Alameda y kiosco mudéjar característicos. El futuro ingeniero químico fue estimulado por su familia, don Alberto Ortiz y doña Marina Álvarez, para que estudiara una carrera provechosa. En casa se atesoraban los libros que dejó el abuelo poblano; entre ellos, volúmenes de filosofía y textos de poesía, asuntos a los que se aficionó, y que despertaban en él muchas inquietudes .

En aquellos años, los ingenieros químicos (que se titulaban a partir de 1927, ya que antes se les conocía como químicos técnicos) trabajaban en la industria azucarera, en las empresas productoras de cervezas y en la industria textil. En 1938 se amplió su horizonte de actividad decididamente ya que la expropiación petrolera abrió muchas plazas para los egresados de esa profesión, sobre todo en la operación de procesos .

Cuando Federico Ortiz ingresó a la Escuela de Química de Tacuba encontró un ambiente muy cordial, según describe en el libro citado, aunque no se salvó de las temibles novatadas ni de las bromas pesadas de sus compañeros de otras generaciones .

Aunque tímido por naturaleza, disfrutó, en cambio, las marimbadas y las quemas de batas, tradiciones que muchos contemporáneos suyos aún paladean a la hora de la nostalgia .

En 1948, mientras estudiaba la carrera, Federico Ortiz trabajó como obrero, y desde entonces fue hilando el tejido de su estilo de mando, siempre con un acercamiento franco a los trabajadores. Su primera labor fue en Guanos y Fertilizantes de México, como ayudante de laboratorio en la planta mezcladora de La Villa. Más adelante, ya como obrero especializado, se hizo cargo de los tableros de control de las plantas de ácido sulfúrico y sulfato de amonio en la planta de Cuautitlán .

Su paso por todos los puestos que ocupó, siempre en escala ascendente, desde los más humildes hasta los más destacados, robusteció su carácter .

Aparte, esas vivencias de primera mano con los trabajadores permiten explicar ahora las siempre tersas relaciones de trabajo que mantuvo con su personal obrero, sobre todo cuando más adelante tuvo posiciones de dirección. “¿Cómo sorprendernos del cariño que volcaron los obreros al despedirlo cuando se jubiló y dejó Celanese?”, pregunta el autor del libro .

La formación de un líder
 Pero no adelantemos vísperas. Federico Ortiz se recibió en 1951. El flamante ingeniero químico estaba ya inmerso en el ámbito de las empresas, y se cambió a Celanese Mexicana, una empresa que se había fundado en la década anterior, en 1944, con ocho personas, quienes no tardaron en poner en marcha, tres años después, una planta de producción de Acetato de Celulosa, en Ocotlán, Jalisco, con 295 obreros .

Federico consigue trabajo en Celanese y lo envían a Zacapu, en Michoacán, como ingeniero de turno, eufemismo de operador de procesos .

Pero no importa el título, ya que el lugar es poco menos que paradisíaco, “tanto más hermoso cuanto pequeño es en realidad”, subraya el autor .

Por su actitud, pronto fue responsable del control de calidad de la producción del filamento de rayón y fibra corta .

A partir de los años 50, la química había dado no uno, sino muchos vuelcos con increíbles avances en el desarrollo de materiales. La ciencia y la tecnología de entonces hizo aparecer, uno tras otro, gran cantidad de materiales con características y propiedades tan extraordinarias que hicieron la felicidad de los diseñadores más creativos, aparte de que cambiaron definitivamente a la sociedad de consumo .

En esos años tan alentadores, Federico Ortiz conoce a la que sería su mujer de toda la vida, Herlinda Luna, Herla, una alumna de la Escuela de Química de Tacuba, que, coincidentemente, tenía unos tíos en Zacapu .

En unas vacaciones con unas amigas de la Escuela, Federico la conoce, y como subraya con tinta melosa el autor del libro, “se impregnó de su risa, de su cadencia, de su alegría, de su belleza, de su inteligencia, de su calor y color. Y a Herla le atrajo la seriedad, cultura, sensibilidad, integridad y mirada penetrante de Federico” .

En 1953, invitado por los tíos, Ortiz viaja con ellos, y con Herla, a Manzanillo, donde el químico en ciernes le pinta un futuro promisorio, aunque para entonces ya era responsable del área de investigación y desarrollo de la planta, y sus funciones comprendían la optimización de procesos y el desarrollo de las condiciones de operación para fibra de cuerda de llanta y control de la producción de esponjas de celulosa, una tarea que implicaba imaginación y mucha reflexión .

En el prólogo del libro citado, para sorpresa de los lectores, el autor describe la manera conmovedora que empleó Federico Ortiz para conquistar a Herla, haciéndo uso de amigas cómplices, numerosos ramos de flores y tarjetas cuajadas de poemas que pusieron en un aprieto a la joven: ¿matrimonio o carrera? Finalmente Herla se decide por el insistente ingeniero-poeta. La pareja se casó y procreó siete hijos, “de los que sobrevivieron seis…”, y hasta ahora han vivido muy felices .

Impulsado por el aliento que seguramente le ofrecía su pareja, Federico Ortiz se convirtió en Gerente Técnico de la planta, donde enfrentó nuevos retos: No sólo coordinaba todas las actividades técnicas, sino que se ocupaba de la transferencia de tecnologías y daba asistencia a la producción y arranques de planta y supervisaba todas las operaciones .

Tanto empeño puso en esta tarea que fue promovido como gerente de planta de la división de fibras de Celanese a la planta de Río Bravo, en Tamaulipas, que producía celulosa de alta pureza, la cual, a su vez, se emplea para la fabricación de fibras celulósicas, papel, pólvora y nitro celulosa, tanto para el autoconsumo como para la exportación .

“Pero lo que hace no lo hace desde el escritorio”, dice el autor, sino que recorre toda la planta y hasta llama por su nombre a cada obrero: Los motiva. Los obreros corresponden a este buen trato y contribuyen al éxito de Celanese, cuyos principios de mexicanización, descentralización, seguridad e higiene industrial, capacitación de personal, desarrollo de la comunidad y conservación ecológica se adelantaron a su tiempo .

“Celanese Mexicana fue pionera en la aplicación de estos principios”, lo que contribuyó a que la empresa se colocara como una de las primeras empresas nacionales capaz de incidir en los mercados internacionales .

La carrera de Federico Ortiz no hallaba pausa ni él la buscaba. En 1961 ocupó las gerencias técnica y de producción en la planta de Ocotlán, Jalisco, donde Celanese extendía un complejo industrial que producía acetato de celulosa en escamas, filamentos, fibra corta y mecha de acetato, Polímero de Nylon, Polímero de Poliéster y Filamento de Poliéster rizado y texturizado .

En ese espacio, que duró siete años, Ortiz maduró como ingeniero químico, y se sintió capacitado para llegar al cerebro de la empresa, en las oficinas centrales de la ciudad de México, en donde pudo desenvolverse como pez en el agua, ya que desde 1968, cuando cumple 40 años, se convierte en Gerente Técnico de la División Fibras de Celanese, hasta 1971, cuando accede a la posición de coordinador de las áreas técnicas en el proyecto de fibras acrílicas. En ese puesto se ocupa del servicio a clientes, tanto nacionales como internacionales .

Más adelante participó muy de cerca en la planta de Toluca, en el Estado de México, la cual producía Nylon de alta tenacidad para aplicaciones industriales, cuerda para llantas, filamento voluminizado, monofilamento y fibra corta de Nylon; Poliéster de alta tenacidad, y cuerda de este material para llantas y materia prima para la elaboración de fibra, o Polietilén Tereftalato y fibra corta de Poliéster .

En San Cristóbal Ecatepec, también en el Estado de México, Celanese había establecido un centro de investigación con la finalidad de consolidarse como empresa internacional y participar en el desarrollo de tecnologías de frontera .

Hacia la dirección
Federico Ortiz había formado parte medular de la expansión de esta empresa y había presenciado su empuje en todas las zonas de oportunidad que habían previsto desde sus distintas plantas ubicadas en cinco estados de la República: Jalisco, Michoacán, Tamaulipas, Estado de México y Guanajuato .

La empresa se había extendido no sólo hacia la producción, sino hacia la comercialización de las fibras sintéticas útiles para la elaboración “de vestidos, alfombras, tapetes, cortinas, llantas, mangueras, bandas, lonas, redes y hasta filtro para cigarros” .

Como recompensa a su capacidad y lealtad, en 1971 fue promovido a la Gerencia de  Producción de la División Química de Celanese. En ese año visita Alemania en busca de transferencia de tecnología con la idea de potenciar la mexicanización de la empresa, ya que, según reflexiona el autor: “México era mucho más independiente frente a la República Federal Alemana que ante Estados Unidos…” Para entonces, Federico Ortiz, en la División Química de Celanese, hace milagros y malabares, ya que después de elegir la tecnología adecuada para la fabricación de petroquímicos secundarios y conceptuar y diseñar un complejo petroquímico, se daba tiempo para coordinar la economía de producción y comercialización de los productos aquí y en el extranjero .

Ante ese derroche de energía fue ascendido sin más trámite como Director General de Celanese Mexicana, que en ese momento era una de las empresas más importantes del país, con una sólida presencia en los mercados internacionales y aportadora de grandes beneficios para los socios y accionistas de la Celanese Corporation of America, dueña del 49% de las acciones de la empresa en México .

A Federico Ortiz le toca dirigir el proyecto de La Cangrejera, en Veracruz, donde Celanese Mexicana levanta nueve plantas y realiza una inversión de 300 millones de pesos. Era uno de los complejos más grandes de América Latina, y el proyecto más importante del sexenio de José López Portillo. En esos años México había alcanzado suficiente capacidad tecnológica para competir en los mercados internacionales con petroquímicos secundarios .

Bajo las órdenes de Federico Ortiz la empresa ya cuenta con 10 centros de operación, 34 plantas en plena actividad y una lista de objetivos que le permitieron sobrevivir a las acometidas de la globalización. Ocotlán, Zacapu, Río Bravo, Toluca, Celaya, Lerma, Querétaro, Cosoleacaque y La Cangrejera, son los arietes de este gigante industrial empeñado en mantener una posición financiera sana, consolidar la base de negocios–productos y ampliarla, y establecer una posición de exportación permanente, todo bajo el marco de la confianza y compromiso con los accionistas .

Precisamente, en esos primeros años de la década de los 80, Celanese desarrolla tecnología propia para la obtención de casing de celulosa, un envoltorio que será de enorme utilidad en la década siguiente para los productos cárnicos… En 1984, Federico Ortiz sumó a su puesto de Director General el de Presidente del Consejo de Administración. Celanese producía y comercializaba productos en mercados de Asia .



Europa, América Latina, Estados Unidos y Canadá, y bajo las más estrictas normas de calidad internacional .

La empresa desarrolló al año siguiente su división de plásticos, luego de adquirir las acciones del Grupo Nova, y crear, de la mano con Panificadora Bimbo, la empresa Novacel, para la producción y comercialización de películas flexibles impresas para la industria del empaque .

El Grupo Industrial Bimbo era el cliente principal .

Efectos globales Desde entonces hasta 1993, cuando Ortiz deja su puesto, Celanese Mexicana estaba constituida por tres divisiones: Química, Fibras y Plásticos con Especialidades y Empaques (y empresas afiliadas y subsidiarias) .

Bajo esta conformación, la empresa pudo sortear los mares agitados de la globalización y sostener una sana situación financiera, un control efectivo del capital de trabajo, de las inversiones dedicadas a la expansión de la empresa, y modernizar y simplificar los sistemas informáticos y administrativos. Al garantizar el funcionamiento correcto de los programas de calidad, ganó la certificación ISO-9000 y desarrolló un audaz programa denominado Cambio Cultural para enfrentar, precisamente la mundialización de la economía .

Como se expuso líneas arriba, Federico Ortiz fue aclamado por todos los obreros y empleados de Celanese cuando decidió partir de la empresa a la que entregó sus mejores años dejando innumerables anécdotas en todos los que lo trataron. La empresa pasó a formar parte de la transnacional alemana Hoechst, y la conducción de la misma recayó en manos de Gunter Martin, en la presidencia, y de Edward H. Muñoz, en la dirección .

Federico Ortiz se ocupa ahora, con otros socios y amigos, en desarrollar una organización de Asesores de Empresas, buscando impulsar con la enorme experiencia acumulada que suman él y sus socios a numerosas empresas de la industria química .

Para el Instituto Mexicano del Plástico Industrial y para la revista Ambiente Plástico, el genio y la figura de Federico Ortiz caben plenamente en esta sección, PERSONALIDAD, que busca inspirar a los lectores de la comunidad del plástico en México con la visión y obra de los grandes personajes de la industria, donde se les rinde cabal tributo .


 


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