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LA PEGAJOSA HISTORIA DEL CHICLE



Por:
Dec 5, 2007

Hace unos años se asociaba la manía de mascar chicles con la caries dental, quizás por el dulce y la mezcla de sabores artificiales, preservantes y otros aditivos que se acumulaban en las cavidades. Hoy, sin embargo, hay chicles que sirven para diversos propósitos, y que, lejos de dañar la dentadura, la protegen. Como ejemplo, la emblemática compañía Adams lanzó una variedad de gomas de mascar con valor añadido, incluyendo su línea de Trident sin azúcar, que han revitalizado la industria en más de 150 países y han puesto a rumiar a millones de usuarios para quitarse el estrés. Hoy la goma de mascar tiene otros atributos: ha sido considerada como un complemento de la higiene bucal “al estimular la producción de flujo salival”; hay quien pregona que es más eficaz que el cepillo, ya que ayuda a blanquear los dientes, elimina el sarro y no le quita brillo al esmalte natural. Inclusive, en la era del Viagra, acaba de aparecer el chicle afrodisíaco que, según los enterados, prende la libido (aunque el batir de muelas y el “tronar” del chicle en la boca es tan poco romántico que podría disipar el deseo. Pero hay gustos para todo). También hay chicles para bajar de peso. La científica escocesa Marion Hetherington, de la Universidad de Glasgow, quiso verificar que el chicle inhibe el hambre y congregó a 60 personas a masticar chicle en un laboratorio mientras preparaban comida. Comparativamente con los que no masticaron el producto, la sensación de hambre disminuyó. En total, “se redujo la ganancia de calorías en 46 kcal”, confirmó esta especialista en biopsicología. Por otro lado, la empresa finlandesa Fennobon propuso combatir el colesterol con chicles. Y creó la marca Xilident Pro Reducol. Claro, se trata de chicles con ésteres de esterol y estanol, dos elementos obtenidos a partir de sustancias vegetales capaces de reducir los niveles de colesterol malo del organismo sin que sean afectados los niveles de colesterol bueno. Los críticos de esta “propuesta” han señalado que, en todo caso, el chicle puede ser una ayuda, “pero no una solución”. Según los expertos sería necesaria una ingesta de 1,800 miligramos de ésteres de esterol y estanol para lograr reducir el colesterol hasta un 15%. Lo gracioso aquí es que la empresa que produce el chicle recomienda masticar, por lo menos, “24 pastillas diarias para obtener la dosis necesaria de ésteres de esterol y estanol o, en su defecto, ‘complementar la acción de los chicles’ con una alimentación que ofrezca estos elementos”. Por lo pronto, la goma de mascar ha demostrado sus propiedades terapéuticas, ya que ayuda a combatir drogas como la nicotina; un auxilio que agradecen los que intentan dejar definitivamente el cigarrillo. Quizá en el futuro los científicos lograrán inventar un chicle para hacernos, además de más ágiles y delgados, más despiertos. Un chicle que sirva para aprender con facilidad lo que se estudia, hacer más llevaderas las clases y recordar las lecciones..., pero esa iniciativa todavía no ha llegado a los laboratorios de las chicleras.


HACIA EL CHICLE QUE NO SE PEGA

Un problema pringoso de la goma de mascar es su contaminación. ¿Quién no ha pasado por la repulsiva experiencia de tratar de quitar restos de chicle de la suela del zapato, o sentir como un fantasma la goma bajo el asiento de una silla. Alrededor de este problema se ha creado toda una industria con nuevas sustancias, cada vez más fuertes, para disolver la goma. Los visitantes de la Estatua de la Libertad en Nueva York sellan su visita con infinidad de chicles que pegan en el interior del famoso monumento. Más que de muelas, el chicle produce un gran dolor de cabeza en la sociedad. En todos lados se invierten enormes sumas para mantener los espacios públicos y privados libres de chicle. Por poner un ejemplo, sólo la municipalidad de Westminster, en Londres, gasta unas 95.000 libras esterlinas al año en remover los chicles del pavimento. En algunos países asiáticos se han expedido multas extraordinariamente elevadas por tirar un chicle en la calle o en un espacio público, lo que ha ayudado a eliminar casi por completo este problema que, en el fondo, es de educación. Singapur es reconocida mundialmente por su pulcritud, y eso se debe a que desde hace más de una década impuso una ley que prohíbe a habitantes consumir o comerciar la goma de mascar, ya que pueden ser procesadas y condenadas a dos años de prisión. Sin embargo, las autoridades de la ciudad decidieron recientemente suspender parcialmente la prohibición de consumir chicle como parte de un acuerdo de libre comercio firmado con Estados Unidos, que permitirá, sólo con fines terapéuticos, el consumo de goma de mascar Nicorette, de la compañía Pfizer. Pero hay que cargar con la receta para evitar la cárcel. Todas estas asquerosas incomodidades pueden pasar a la historia gracias a Revolymer, una empresa que creció de un proyecto académico que llevó a la invención del “chicle limpio” por parte de la Universidad de Bristol. Contra lo que puede pensarse, de acuerdo con los experimentos, el “chicle limpio” mantiene un sabor “magnífico”. Como atributo principal, la goma se degrada con agua en 24 horas. El producto está a punto de salir. Será lanzado al mercado en 2008 y ha sido exhibido como una curiosidad científica en el Festival de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia. Terence Cosgrove, profesor de esa Universidad, asegura que el chicle puede ser separado con facilidad de las superficies en las que se pegue: zapatos, ropa, suelo y pelo, ya que “el fundamento de esta tecnología es un polímero anfifílico que altera las propiedades interfaciales de los chicles que se tiran, haciéndolos menos adhesivos a las superficies más comunes”. En la website de la compañía se pueden ver los tests de no-adhesión a los zapatos y otras increíbles cualidades del “chicle limpio”: ”: http://www.revolymer.com/. El material está compuesto de polímeros cuyas propiedades tanto hidrófilas como hidrófobas, es decir que aman al agua y que la repelen a la vez. Tiende también hacia los aceites, y la afinidad por estos últimos supone que puede mezclarse fácilmente con los demás ingredientes del chicle, mientras su atracción por el agua le da la propiedad crucial: lo vuelve fácilmente removible. Cosgrove explica que “siempre queda una capa hidrófila que hace que el chicle esté rodeado de agua, y esa es una de las razones por las que resulta fácil de despegar. En algunos casos, ni siquiera se pega”.



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