Un auditorio de plástico y de concreto

A lo largo de su carrera el arquitecto brasileño ha realizado todo tipo de proyectos: casas, oficinas, teatros, fábricas, escuelas, plazas, auditorios, museos, etc. Hace apenas unas semanas se inauguró su obra más reciente, un Auditorio en Ravello, Italia, que deja palpar el enorme talento de este anciano extraordinario de 102 años de edad que, además de emplear toda clase de materiales: concreto, plásticos, aceros, cristales, siempre acaba rindiendo tributo a la forma curva, su favorita, la forma que hace más sensuales a las mujeres, según confiesa.

Niemeyer ha incursionado a lo largo de su incesante trayectoria en proyectos de toda clase: edificios, oficinas, casas, plazas, escuelas-fábricas, y hasta ciudades, porque de su restirador surgieron las formas casi utópicas, futuristas, de Brasilia. Su posición estética y su visión política (la de un comunista irredento), se mezclan en sus apasionadas declaraciones.

Su última obra, un auditorio en la orilla de un acantilado en la población de Ravello, con la costa del sur de Italia como telón de fondo no contradice su postura, siempre rebelde, desafiante y creativa.

La construcción del Auditorio encendió muchos debates por parte de ambientalistas que objetaban la posición prominente del edificio sobre la costa de Amalfi. A lo largo de los 10 años, desde el año 2000, tuvieron que tragarse sus protestas, ya que la obra demostró, hasta su conclusión en este año, que el edificio se integraba al ambiente y que su arquitectura no desentonaba con las casas que la rodean ni con el hermoso entorno de la costa amalfiana.

Esta obra de Niemeyer recuerda a sus proyectos anteriores, y es que tiene su sello distintivo, pero con una audacia más propia de un joven que de un viejo que, fascinado por su creatividad, no conoce el descanso.

El proyecto se levanta sobre un acantilado ubicado en la orilla, y según los expertos, el diseño y la construcción de este auditorio, que recuerdan de lejos a una concha de mar, son de lo más complicado: “pues el terreno donde se desplanta tiene una forma irregular muy estrecha, además de una acentuada pendiente. El espacio, de 1,500 m2, alberga un auditorio con capacidad para 400 personas, un escenario semicircular de 167 m2, un estudio de grabación, una sala de ensayo y 107 lugares de estacionamiento”.

Dentro de la sala se suspende un plafón integrado por reflectores de metacrilato corrugado (un plástico de ingeniería de la familia de los Polimetilmetacrilatos, o PMMA, un acrílico que se obtiene de la polimerización del metacrilato de metilo) que funcionan como panel acústico. En el nivel más bajo de la sala se encuentra el área de audio, luces y video.

La terraza exterior del auditorio ofrece a los asistentes una magnífica “postal”, una panorámica de la costa. Otro aporte de esta obra es su sistema hidráulico, que permite levantar el escenario al nivel de la entrada y, así, integrar el vestíbulo, el cual, con estos metros adicionales, puede emplearse como centro de exposiciones o sala de convenciones.

 

Una vida tan duradera como la del plástico

Oscar Niemeyer nació en la ciudad de Río de Janeiro en 1907. Comenzó a trabajar en el taller de tipografía de su padre y entró en la Escuela de Bellas Artes, de donde se graduó como ingeniero-arquitecto en 1934. Para acabar de formarse, este visionario de los espacios y las formas trabajó sin goce de sueldo en el estudio del arquitecto Lúcio Costa y Carlos Leão. Idealista hasta las cachas, Niemeyer, se afilió al Partido Comunista de Brasil, lo que luego le costaría caro. Se dice que Fidel Castro presumió que: «Niemeyer y yo somos los últimos comunistas de este planeta».

La vida del arquitecto cambió en 1940 cuando colaboró con el alcalde de la ciudad de Belo Horizonte, Juscelino Kubitschek, donde proyectó una iglesia y un casino a orillas del Lago de Pampulha. Más tarde, participó con Le Corbusier en la creación del edificio principal de las Naciones Unidas en Nueva York, pero su consagración definitiva fue cuando participó en el trazo de Brasilia, la capital de Brasil, donde levantó los edificios, por un lado, y Lúcio Costa, la parte urbanística. La catedral y el palacio presidencial son sus trabajos más apreciados.

Con la dictadura militar, sus proyectos comienzan a ser rechazados y Niemeyer se exilia en Francia. Abre una oficina en los Campos Elíseos, y se globaliza. Deja huellas suyas en diversos países; en Argelia, la Universidad de Constantina, en Francia, la sede del Partido Comunista Francés, en Italia, la sede de Mondadori. En Portugal, en la ciudad de Funchal, el Pestana Casino Park. En Malasia levanta la Mezquita Estatal de Penang. Después del final de la dictadura, en los años 80, regresa a Brasil, donde, desde entonces, desfilan por su despacho, sin parar, innumerables proyectos: sambódromos, estadios, panteones, memoriales, edificios de oficinas y el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói, su obra más emblemática.

Niemeyer es un ejemplo de vitalidad. Tiene todos los premios y reconocimientos a los que puede acceder un arquitecto, y en su lista de pendientes está la Plaza de la Soberanía (cuando cumplió 101 años de edad, Oscar Niemeyer, presentó este nuevo proyecto para la Explanada de los Ministerios, en Brasilia y que será inaugurada en abril de este año). Aparte, ya aceptó la invitación de diseñar un estadio con motivo de la Copa Mundial de Fútbol de 2014 que será organizado por Brasil.

 

Imágenes del Auditorio de Ravello:

http://www.redarquitectura.cl/wp-content/uploads/2009/06/ravello3.jpg

http://noticias.arq.com.mx/Detalles/10618.html