Máquinas del Movimiento Perpetuo

La ininterrumpida historia

En este número de máquinas y equipos para la Industria del Plástico no podía faltar la máquina más perfecta de todos los tiempos…, la del movimiento perpetuo.
En este número de máquinas y equipos para la Industria del Plástico no podía faltar la máquina más perfecta de todos los tiempos…, la del movimiento perpetuo Siglo tras siglo, desde que el primer humano miró el movimiento del agua y pensó cómo le  podía sacar provecho, o que sintió  la fuerza de los vientos y quiso  desafiarla al desplazarse con una vela por el mar… se le metió a la  cabeza la semilla de que se podía diseñar una máquina capaz de trabajar por y para él durante  toda su vida, y la vida de sus hijos y la de  los hijos de sus hijos.
Esa semilla brotó más tarde en muchos grandes pensadores de todos los  tiempos, como Leonardo Da Vinci, René Descartes, Jean Bernoulli, o Jerónimo Cardan…, entre otros que juraban o que  podían poner la mano en el fuego y decir que sí era posible  armar un dispositivo capaz de  moverse continuamente.
Como se ha podido apreciar en este número, las máquinas y sus funciones inspiran el diseño de otras máquinas; hoy en día las más evolucionadas simplemente son el peldaño de otras cada vez más perfectas de mañana, y para los hombres desde el Renacimiento hasta la Era Industrial y la Era Moderna, la máquina lo era todo, así que no podía faltar la máquina más perfecta de todos los tiempos…, la del movimiento perpetuo.
Las máquinas del movimiento continuo (por llamarlas de otra manera) siempre nacen en la imaginación y, hasta ahora, ahí se quedan. Aunque de vez en cuando uno se levanta con la noticia de que ya patentaron, por fin, una Máquina PERPETUUM MOBILE, así le decían en latín, como  ocurrió una mañana de 2005 en Estados Unidos*, cuando se dio a conocer la patente  y el fiasco detrás de ella, *(ver Inventors: McQueen; Jesse (San Antonio, TX)  Appl. No.: 11/144,924 Filed: June 3, 2005, USPTO [Oficina de patentes Estadounidense]).

Lo cierto, y lo encomiable, es que los dispositivos diseñados con el empeño de convertirse en máquina de movimiento perpetuo fueron a la mecánica (con la creación interminable de máquinas y artefactos) lo que la alquimia a la química moderna. Por eso estos artilugios siempre han despertado el entusiasmo entre los inventores, y también entre uno que otro científico  espistado, como Robert Boyle, quién ideó el "vaso perpetuo" ("cáliz perpetuo" o "paradoja hidrostática").

La máquina imposible

Pero Boyle, entre otros, no tuvo la culpa de caer en ese espejismo. A mediados del siglo XIX se   supo que la sola existencia de esa máquina hipotética capaz de continuar funcionando eternamente, después de un impulso inicial, y sin necesidad de energía externa adicional,  iba a violar teóricamente la segunda ley de la termodinámica, por lo que  se consideró, a partir de entonces, un objeto imposible.
Como los principios de la termodinámica son algunos de los más comprobados y estables de la física, las propuestas más serias de un movimiento perpetuo son desdeñadas de antemano; sin embargo, los soñadores se dejan embelasar por esa quimera, aún ahora, y aunque los esfuerzos  de producir energía de la nada se oponen a esas importantes  leyes físicas, sobre todo al principio que dice que la energía no puede desaparecer o ser creada en  ningún proceso natural; lo único que puede hacer es trasladarse de un cuerpo a otro, o ser transformada en otra, como ocurre con la electricidad.
El aparato de movimiento continuo debe realizar un trabajo incesante y sin necesidad de energía exterior que la impulse. Según los entendidos, “una máquina así daría rendimiento sin  contrapartida, creando energía de la nada, y sería la fuerza de trabajo más barata que uno pudiera  imaginar. Así pues, es comprensible el deseo de fabricar una máquina semejante”.
Los físicos han definido dos categorías, según la ley de la termodinámica  que violen las máquinas de movimiento perpetuo, la primera señala que violan la primera ley de la termodinámica, que es  la que afirma la conservación de la energía. Así, producirían más energía de la que consumen,  pudiendo funcionar eternamente una vez encendidos. Muchos de estos diseños usan imanes  como fuente de energía libre, porque no hay rozamiento.
El de la segunda especie es aquel que desarrolla un trabajo de forma cíclica (indefinida) intercambiando calor sólo con una fuente térmica. Pero, bajo la Segunda  ley de la termodinámica, es imposible construir. La segunda ley posee una cualidad que la hace única; distingue pasado de futuro y subraya que existen fenómenos que sólo se dan en un sentido y que es imposible que sucedan en sentido opuesto. “El calor sólo puede fluir de un cuerpo caliente a uno frío, y no al  revés”.
Hay quien piensa que quizá sea una suerte que no existan máquinas de movimiento perpetuo del primer tipo, porque si así fuera, el calentamiento global podría acelerarse aún más, y opinan que   la demanda de soluciones se está desplazando más bien del problema de cómo producir más energía al de cómo consumir menos.
Aquí, por cierto, ya se conectan dos corrientes de pensamiento, los que  creen que todavía se  puede construir una máquina  perpetua, tal como señalan los antiguos, con la historia de la  energía libre, algunos de los que intentaron desarrollar fuentes de energía renovable,  supuestamente sufrieron casos de represión.
La investigación para obtener energía libre con costos de materia prima, incluyendo energía radiante, solar, hidroeléctrica, telúrica y eólica, están  en desarrollo actualmente.
Free energy suppression  (represión de la energía libre) es la idea de que los intereses de las corporaciones energéticas, reprimen las tecnologías que podrían proporcionar energía a costos muy reducidos.

Una historia a vuelo de pájaro

Esas máquinas “de nunca acabar” obsesionaron a  las mentes más brillantes de todos los siglos pasados, por lo menos desde la edad media (en el siglo XIII), cuando un notable constructor de catedrales, Villard de Honnecourt diseñó un croquis en uno de sus  cuadernos sobre mecánica y arquitectura, donde sugiere una máquina que podría emplearse incesantemente.
La primera  noticia de una máquina de movimiento continuo procede de la época de San Luis. En ese  entonces, Villard viajó por el mundo para estudiar la construcción  de iglesias góticas. Entre sus dibujos se encontró un boceto de un aparato de movimiento continuo de 1245.
Más tarde, en 1575, Jacopo de Strada intentó crear una máquina hidráulica e hizo caer agua sobre una rueda de paletas que impulsaba las muelas de un espadero, un dispositivo para arrastrar las cuchillas.
El agua se recogía en un depósito interior y mediante un tornillo de Arquímedes, que estaba en conexión con toda la instalación, volvía a subir al depósito de arriba para ser utilizada de nuevo.
En esos años, Leonardo da Vinci describía  su rueda de agua eterna, y realizó numerosos bosquejos de ingenios que, esperaba, producirían  energía libre. Da Vinci analizó unos pocos desequilibrios  en ruedas. Además, diseñó una bomba centrífuga (un tipo de turbina de reacción).
Siglos después, en el año 1817, Geiser, de La- Chaux-de-Fonds, emigró a Frankfurt del Main con un reloj de movimiento continuo. Pero se endeudó, enfermó y murió. El  misterioso reloj fue  desarmado pieza por pieza, y no se encontró nada  sospechoso hasta que fue montado de nuevo. Había un mecanismo minúsculo para darle cuerda. Hubo muchos fraudes en toda esta historia y muchos cayeron, como ejemplifica Martin Gardner en su libro La Nueva Era, en un capítulo donde  habla de este tema: “la conducta de muchos buscadores  del movimiento perpetuo guarda una extraña semejanza. Empiezan creyendo que su máquina es viable, cuando se muestra incapaz de  hacer lo que debía hacer se ilusionan respecto a que sólo quedan algunos  detalles por pulir (mejorar la fricción, construir  piezas más perfectas…) que podría arreglarse con un poco de  dinero. Tratan de convencer a los inversores del funcionamiento de la máquina por medio de trampas y cuando son descubiertos admiten que se trataba de una treta inofensiva por una causa que merece la pena”, escribe Gardner.