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Año 2011, Homenaje a la Química.
En el número anterior de Ambiente Plástico se anunció, en el Mensaje del Presidente de esta publicación, que este año estaría dedicado a la Química, y se planteó, inclusive, que en este entorno de celebraciones, el plástico debería tener su día, ya que “en forma metafórica, se puede decir que el Petróleo es el padre del Plástico, que la ciencia Química es su madre y que el testigo de honor es el hombre.
”De ese matrimonio se formó la Petroquímica, que resultó muy prolífica, ya que los hijos emanados de esta relación suman más de 1,500, donde el más destacado de ellos es, sin duda, el Plástico”, por lo que este material –que ya tiene más de 150 años de edad1- debería, en el Año de la Química, tener al menos un día, el Día del Plástico, que, para no complicar las agendas, podría ser el más largo del año, el 21 de junio, por aquello de la plasticidad del plástico, o ¿hay una mejor idea? Por lo pronto, a lo largo de
2011, se celebrarán en todo el mundo actividades conmemorativas dirigidas a públicos de todas las edades. Habrá museos itinerantes, conferencias, foros… donde todos vamos a sorprendernos con los aportes de esta ciencia, que ha sido cultivada por incontables hombres y mujeres de mentes muy brillantes. (Para más detalles ver la página http://www.chemistry2011.org/participate/events).
El padre de la iniciativa
En su origen, esta fue una iniciativa de la IUPAC (Unión Internacional de Química Pura y Aplicada) y la Unesco…, y fue decretada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 30 de diciembre de 2008.
La conmemoración de este año pretende, entre otras cosas, “incrementar la apreciación pública de la química como herramienta creativa esencial para mejorar la sostenibilidad de nuestros modos de vida y resolver los problemas globales y esenciales de la humanidad, como la alimentación, el agua, la salud, la energía o el transporte”.
La elección de la fecha no ha sido arbitraria, ya que coincide con el centenario del Premio Nobel otorgado a Marie Curie, por sus enormes aportaciones a la química en 1911 (va a haber montones de monedas y sellos postales de la notable científica). Pero el propósito más evidente es hacer que la sociedad sepa, de la manera más digerible posible, cómo esta ciencia ha contribuido al bienestar de la humanidad, y mostrar cómo, en las décadas que siguen, podrá resolver algunos retos y llevar soluciones para algunos grandes temas, como la protección al medio ambiente y la lucha contra la contaminación.
Los lectores que quieren saber algo más de la IUPAC pueden acudir a esta dirección
(http://www.iupac.org/), pero basta con señalar que es la entidad que publica los datos definitivos -y más recientes- relativos a masas atómicas y abundancias isotópicas. También es la entidad que difunde una amplia variedad de otros datos de inmenso valor para químicos e ingenieros del sector. Cabe señalar que esta institución, además, sirve al esfuerzo científico internacional en la doble función de una ciencia básica y un objetivo, contribuir a la Unión “para aglutinar los distintos aspectos interdisciplinarios de la química, fortaleciendo este campo del saber a nivel internacional y esforzándose para conseguir altos niveles de excelencia y relevancia en el campo académico y la investigación industrial y promocionando el servicio de la química a la sociedad”.
La química y sus dos caras
En el 2000 fueron las matemáticas, luego, en el 2005 vino la física, en el 2009, la astronomía, y ahora, en el 2011, le toca el turno a la química. Naciones Unidas ha venido dedicando la etiqueta oficial de año internacional a ciertas disciplinas científicas que, a veces, por lo complicadas que son (o por lo mal que las enseñan) parecen cosa de otro mundo; pero una vez que se divulgan, se aprecian mejor sus aportaciones al progreso. El Año Internacional de la Química seguramente va a atraer a muchos que siempre miran con sospecha a esta noble ciencia. Ellos no olvidan que los procesos químicos industriales han suscitado y suscitan problemas de contaminación, vertidos, generación de residuos peligrosos y un consumo a veces desmesurado de materias primas. Son el lado oscuro de buena parte de los productos que han hecho nuestra vida más larga, más sana y más confortable. Lo cierto es que cada día interactuamos con miles de objetos y sustancias que han sido posibles gracias a la química. Como dicta la propia resolución de Naciones Unidas: “gracias a la ciencia y la aplicación de la química se obtienen medicamentos, combustibles, metales y prácticamente todos los demás productos manufacturados, y su concurso es esencial para abordar problemas como el cambio climático, el acceso a agua potable, alimentos y energía y para mantener un medio ambiente saludable”.
Ese es también el caso de los polímeros, que son el origen de una variedad enorme de materiales plásticos que han hecho a la vida diaria más cómoda y práctica. A lo mejor hemos perdido nuestra capacidad de asombro, o somos ingratos y no hemos podido aquilatar su importancia en la sociedad. Pero sin la química y sus hallazgos muchos morirían de hambre, otros no tendrían dónde guarecerse, y muchos más no habrían encontrado cura para sus dolencias.
Todas esas creaciones o innovaciones, como los abonos (en la actualidad hay 7,000 millones de personas en el mundo que comen mucho, poco o nada), que han permitido alimentar a una humanidad siempre creciente, también tiene su envés, como la contaminación de aguas y tierras. Esa doble cara, positiva y negativa, que se aprecia en los grandes avances de esta ciencia, como el uso del átomo, o de los plásticos, o de los fármacos, han llevado a la química a desplegarse sin contención y a toda prisa. Ahora, sólo la misma química puede hacer que prevalezca su lado positivo y resolver las mayores amenazas que acechan a la civilización. Hay que recordar que desde el siglo antepasado los descubrimientos químicos se han precipitado de manera vertiginosa. El caudal es tan abundante que inunda todos los espacios de la vida cotidiana, y ciertamente se han producido importantes descubrimientos que explican porqué la civilización ha llegado tan lejos.
Basta con repasar la enorme lista de Premios Nobel de Química para estimar sus alcances (http://nobelprize.org/): Cabe recordar que este Premio ha sido entregado desde 1901 por la Real Academia de las Ciencias de Suecia, y que alrededor de 160 científicos han sido laureados con él hasta 2010.
La química en México
Del México Prehispánico al virreinato La trayectoria de la química en la historia de México es muy accidentada2. En el mundo prehispánico, los pobladores del valle de México aprovecharon las sales alcalinas que revestían en tiempo de secas la superficie del lago de Texcoco y formaban costras, mismas que recibieron el nombre de tequesquite. En Iztapalapa se distribuía el tequesquite, que ayudaba a condimentar la comida y hacía más fácil la cocción de las legumbres. También, alcalino ligero, se empleó como detergente. Hubo, además, otras sales como el alumbre, la mica, el yeso y la calcita, con las que fabricaron colorantes. En cuanto a las piedras preciosas, los antiguos mexicanos aprovecharon la turquesa, el jade, el azabache, el ojo de gato, el rubí y el ámbar para adornarse; también fue muy apreciado el mineral de fluorita y el cristal de roca, o cuarzo. La cerámica era muy artística y poco técnica; empleaban numerosos minerales y arcillas para elaborar colores de los óxidos de hierro o del negro de humo.
El rojo lo obtenían de la cochinilla, que luego, en la Colonia fue exportado a todo el mundo. Los aztecas obtenían un cemento luego de mezclar cal con arcilla negra. En la época colonial, los españoles introdujeron otras tecnologías, sobre todo en el uso de los metales, como el hierro, y con artefactos y máquinas, como los alambiques, los molinos, y la pólvora. Por otro lado, se trabajó el vidrio, y el azúcar, y se desplegó la minería, la principal fuente de riqueza del virreinato. La primera industria se creó en Pachuca, en 1555. Bartolomé de Medina ideó un proceso de recuperación de la plata por amalgamación con mercurio que fue calificado como “el mejor legado de Hispanoamérica a la metalurgia universal (la formación de la amalgama de los metales preciosos con el mercurio permite su extracción en frío, un proceso más barato que la fundición).
Hacia 1758, el clérigo Juan Ordóñez y Montalvo mejoró el proceso a partir de un método de amalgamación en caliente, proveniente de Perú. Años después, Fausto de Elhuyar había descubierto el elemento químico llamado hoy tungsteno, al que bautizó como wolframio (por eso su símbolo químico es W), y 10 años después se encargó del Real Cuerpo de Minería de la Nueva España, en 1792. Elhuyar fue el primer profesor de química en México y empleaba como texto el Tratado elemental de química, de 1789, de Lavoisier, padre de la química moderna. La obra fue traducida al español en México en 1797, un año antes que en España. En el Real Cuerpo de Minería, Andrés Manuel del Río destacó por su trabajo de análisis químico de minerales mexicanos, y en 1801, como resultado del estudio de un mineral de Zimapán, descubrió el Eritronio. Pero le hicieron creer que había descubierto en realidad el Cromo, pero no fue así, lo que halló en realidad era el Vanadio, que fue redescubierto por Sefstrom, en 1830.
En América Latina se halló el Platino (Pt), un elemento que ya era conocido por los indígenas de Sudamérica y que llegó a manos del mundo científico en 1748.
De la Independencia a la dependencia
Alejandro de Humboldt menciona en sus apuntes que en Puebla, México y Guadalajara, la fabricación de jabón sólido fue una industria muy prospera. Poco después, el México Independiente, que había apostado por la modernidad, se vería envuelto en conflictos internos e intervenciones extranjeras (incluida la pérdida de más de la mitad del territorio) a lo largo del siglo XIX, lo que no le dio un respiro para desarrollar la química de manera adecuada. Después del imperio de Iturbide se creó la Sección de Farmacia dentro del Establecimiento de Ciencias Médicas, donde Leopoldo Río de la Loza tuvo un papel relevante; fue el autor del primer tratado mexicano de química y un estudioso de los productos naturales en diversos vegetales.
En uno de ellos halló el ácido pipitzahoico, que lo hizo merecedor de un premio internacional. Fundó la Sociedad Farmacéutica, cuyo principal objetivo fue publicar la Farmacopea Mexicana, con cientos de sustancias y remedios del país. Vicente Ortigosa, ya en las postrimerías del siglo XIX fue el primer mexicano doctorado en Química Orgánica, Trabajó en Europa, donde aisló y analizó el alcaloide del tabaco, la nicotina. Más tarde, en 1916, Fernando Orozco llevó a cabo la producción del antidetonante de las gasolinas en México Luego de la Revolución Mexicana, y a partir de la Segunda Guerra Mundial, la química en México se propulsa de manera inusitada y alcanza un fuerte desarrollo entre 1960 y 1990, con varios investigadores y empresas sobresalientes. A mediados del siglo XX, hubo un químico ilustre más, Luis Ernesto Miramontes Cárdenas, quien atrajo la atención del mundo al inventar el primer anticonceptivo oral.
Por último, otro químico sobresaliente, Mario Molina, fue galardonado con el Premio Nobel de Química en 1995. Sus investigaciones en la química ambiental lo llevaron a identificar el peligro que representa para la capa de ozono los clorofluorocarbonos empleados en aerosoles, tanto industriales como domésticos.


