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La vida sin plásticos y la extinción de elefantes
Fue una pesadilla. Pero tan impactante que cuando desperté respiré con alivio. Todo empezó la noche anterior, cuando unos seudoambientalistas pedían con mantas de plástico que pagaron con sus tarjetas de plástico y cargaron con bolsas de plástico que desapareciera el plástico, cosa que me indignó, porque estos fanáticos, por llamarlos de algún modo, condenan lo que desconocen. Son unos ignorantes.
Agitada, tardé en quedarme dormida, y cuando finalmente me venció el cansancio, sentí sobresaltos y la respiración entrecortada. En el sueño -y tuve muchos esa noche- apareció como primera imagen la noticia, en un periódico del siglo XIX, que narraba la muerte del último de los elefantes; un adulto de tres metros que milagrosamente había conservado sus colmillos de casi tres metros.
Líneas después la nota explicaba que los elefantes fueron víctimas de la moda del viejo juego de billar, que revivió en Londres, a partir de 1827, cuando se celebró el primer campeonato, y luego se difundió por todas partes del globo. Las bolas de marfil eran las reglamentarias de ese juego, así que los pobres elefantes encontraron difícil, por su enorme tamaño, esconderse de los cazadores furtivos que acabaron con ellos en menos de 50 años, a pesar de los desafíos que se plantearon a la comunidad de científicos y de concursos que se organizaron para que encontraran entre todos los materiales habidos y por haber uno que pudiera sustituir al marfil. Pero nadie aportó una fórmula, ni siquiera el estadounidense John Wesley Hyatt, quién resultó con heridas en un experimento con Nitrato de Celulosa, un material muy inestable.
Como cabe esperar, la falta de elefantes ocasionó daños en la ecología. Los árboles que arrancaban desde sus raíces, al verse libres de sus taladores gigantes, predominaron en la sabana, en el bosque y la selva, ahogando con su proliferación a otras especies. Inclusive las hormigas que solían morir pisadas por las manadas de elefantes, al no encontrar ese destino por la falta de paquidermos, se multiplicaron hasta inundar el continente…
La imagen me incomodó tanto que me rasqué la mejilla, pero la fatiga pronto me venció con otro sueño; esta vez la escena tenía lugar en una famosa ciudad europea, a principios de siglo XX. Se trataba, empero, de una ciudad distinta a la que mostraban las fotografías antiguas que yo recordaba, ya que en vez de automóviles, las principales avenidas estaban desbordadas por multitud de carrozas y caballos. Las ruedas eran sólidas, pero de madera y fierro, así que no amortiguaban los golpes de las calles empedradas. El caucho natural seguía siendo una rareza de un país exótico.
Quizás Charles Goodyear, contrario a su costumbre, el día del accidente que nos hace recordar la historia, se cansó del desorden que privaba en su taller, levantó los materiales y no dejó encima de la estufa el recipiente de azufre y caucho que hubieran propiciado la vulcanización. De ese modo, las llantas no prosperaron.
Entre tanto, otra moda conducía inexorablemente a la extinción a la tortuga de carey. Desde hace siglos ese reptil era objeto de explotación, principalmente por su caparazón, que se utilizaba para fabricar peines, peinetas, cepillos, gemelos de teatro y artículos suntuarios, pero como no surgió un material sustituto en el primer tercio del siglo pasado, la demanda de la moda y sus caprichos orillaron a la desaparición de su especie.
En compensación, si puede llamarse así, había otros animales oportunistas que llenaban los huecos que iban dejando las especies más raras. Una de ellas fue la de los caballos, que se convirtieron en el medio de transporte preferido, a pesar de los incipientes automóviles. Claro, para distancias largas, el tren era indispensable, pero los coches de vapor aún resultaban incómodos y difíciles de mantener. La sobrepoblación equina congestionaba las principales avenidas y sus desechos, amontonados en las esquinas de la acera, dejaban un olor nauseabundo.
Por otro lado, el ganado vacuno creció desmesuradamente y llenó los vacíos que dejaban los bosques, explotados, a su vez, por las florecientes compañías papeleras. La demanda de cartón y papel se disparó. Todo se envolvía con papel encerado.
En mi sueño, en otra escena y por razones que desconozco, acudí a una florería y pedí que en vez de papel encerado envolvieran mis flores con papel celofán, pero la dependienta me miró con desconcierto: ¿Celofán?, dijo. Ya no insistí ni le comenté que el ingeniero textil Jacques Brandenberger inventó el Celofán en su afán de crear ropa a prueba de agua.
Contrariada, busqué refugio en lo que parecía una sala de espectáculos. Al principio creí que se trataba de una sala de cine, pero por alguna razón, la resina que Alexander Parkes había trabajado en su laboratorio, el Colodión, que luego dio pie a la Parkesita y, en seguida, al Celuloide, aún no se concebía. Quizás el laboratorio de Parkes sufrió un incendio o el inventor, aburrido de tantos experimentos, abandonó el proyecto. El espectáculo que presencié en esa “sala de cine” era más bien una combinación de “linterna mágica” y sombras chinescas, con una comedia musical. Pero, ¿qué había pasado con el cine mudo, el hablado y con la industria fílmica?
En eso, para mi tranquilidad, escuché un poco de música y vi un aparato de radio. ¡Bueno!, pensé, ¡al fin algo moderno! Pero las perillas y el mueble no eran de plástico, sino de madera. ¿Qué sucedió con la bakelita, el exitoso material creado en 1907 por Leo Hendrik Baekeland? A lo mejor el célebre inventor se distrajo con otra de sus creaciones, o con alguno de sus numerosos negocios, ya que era un habilísimo hacedor de dinero.
Confundida por tantos incidentes negativos, hablé dormida: “Todo está de cabeza, desaparecieron los plásticos, uno por uno”, dije, y abrí un ojo, pero aún estaba oscuro, así que, fatigada, reanudé mi sueño.
Un nuevo escenario se mostró en esa pesadilla interminable. En una tienda de Estados Unidos se podía admirar una pequeña televisión incrustada en una caja de madera. Un tubo de cristal, grueso y rígido, conectaba al aparato a un enchufe de cerámica. Lo que se llama cables, como los conocemos ahora, no se exhibían en ese almacén. La electricidad viajaba en tubos rígidos de distintos materiales aislantes. Sin embargo, la televisión estaba prendida y pasaba un documental de la Segunda Guerra en la que unos cuantos soldados descendían de enormes paracaídas de seda, por lo menos eso era lo que parecía.
En otra noticia se hablaba de enormes cultivos de árboles de morera, el árbol preferido de los gusanos de seda, que se extendían por dilatadas extensiones conquistadas a la selva y al bosque.
La sericultura era la actividad que daba de comer a millares de pobladores. ¿Qué había pasado con el Nylon? ¿Tendríamos que borrar de la historia al capitán Cousteau y sus intrépidos hombres rana enfundados con sus trajes de Neopreno? ¿Acaso el brillante inventor del Nylon y del Neopreno, Wallace Hume Carothers -que, por desgracia, sufría accesos de depresión- había adelantado la fecha de su muerte? Todo parecía indicar que sí, que las medias de las señoras y los paracaídas de aguerridos comandos seguían siendo de seda y que las razones que les dieron ventaja a las tropas estadounidenses con el nylon jamás se produjeron. ¿Acaso por esta causa perdieron la guerra? ¿Hay factores que si no tienen lugar pueden originar otras causas que luego cambian el sentido de la historia? Quizás no. Quizás sí.
En mi pesadilla, el único factor que cambiaba era el plástico: Simplemente había sido borrado de la historia. Aunque, pensándolo bien, quizás sí podría detonar cambios sustanciales, ya que la bomba atómica, que decidió el final de la Guerra en el Pacífico, sólo se pudo manipular gracias a una sustancia plástica, el Teflón, inventada por Roy Plunkett, de la compañía DuPont. Los responsables del Proyecto Manhattan, el programa para desarrollar la bomba atómica, necesitaban proteger unas juntas de hexafluoruro de Uranio, un material altamente tóxico y corrosivo, empleado para crear el isótopo de Uranio. El Teflón resultaba un material idóneo. Sin él, de acuerdo con el tejido de mi sueño, ¿las tropas estadounidenses hubieran ganado la Segunda Guerra?
A esta altura de mi desazón desperté con una idea anclada en la cabeza: ¿Cómo sería un mundo sin plásticos? La pregunta la hacía en voz alta, sin dejar de contemplar el parpadeo de mi radio-reloj-despertador de plástico, conectado con cable de plástico a un contacto de plástico mientras llevaba a mis labios un poco de agua en mi taza de plástico y me ajustaba mi bata de Nylon. ¿Un mundo sin plástico?, repetí… ¡Imposible!


