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El cambio climático aumenta su toxicidad

Por Mauro Barona

Madrid albergó entre los días 2 y 13 de diciembre pasado la conferencia sobre cambio climático de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, CMNUCC, COP25, el foro político más importante a nivel internacional para hacer frente a los problemas derivados del cambio climático, y se dice que, aunque fue la más larga de la historia, no dejó a todos contentos.
De entrada, hubo más decepciones que compromisos. Antes de las maratónicas negociaciones hacia el final, la organización ya venía cojeando. Para empezar, le tocaba a Brasil organizarla, pero en vez de celebrarse allí por razones políticas, se trasladó a Chile, pero en ese país había protesta social y también intensos conflictos políticos, y fue España, en su capital, donde finalmente se pudo celebrar.
Así que el contexto de la reunión internacional ayudaba poco a que aterrizara un acuerdo a mayor altura que el que consiguió, aunque el título sí fue más pretensioso, ya que se llamó: Chile-Madrid, Tiempo para la Acción (Action Now COP 25), que se presentaba al inicio como un escalón anterior, con sobreentendidos, acuerdos y guiños, para subir el tono en el siguiente encuentro, en 2020, y cumplir con impulso de sobra en el próximo recuento del Acuerdo de París, mismo que, como se sabe, compromete a casi todos los países a evitar que la temperatura media del planeta suba este siglo por encima de 1.5 grados.
Con tirabuzón, los gobiernos avanzaron en diversos acuerdos críticos para impulsar la ambición climática en el 2020, año que será un hito cuando las naciones tengan que presentar o actualizar sus contribuciones nacionalmente determinadas (NDC, por sus siglas en inglés). Sin embargo, la discusión estuvo a punto de tirar el acuerdo por la oposición de Brasil a incluir dos artículos sobre el papel de océanos y tierra. Tras un intenso debate y ante la petición de todo el foro, finalmente fue aprobado y recogió por lo menos los tres temas para los que Chile pidió ayuda a España, que incluyen la ambición climática, los mecanismos de pérdidas y daños y la financiación.
A la hora del balance, durante la COP25 las partes lograron consensuar no sólo materias como traer Océanos y Tierra a la COP25; sino confirmar la importancia de la Ciencia para la toma de decisiones, contar con un plan de implementación para Género y cambio climático; y renovar el mecanismo asociado a la protección frente a los impactos del cambio climático (pérdidas y daños), ambición para presentar NDC actualizadas al 2020 y extensión en cinco años del programa de Global Climate Action, relacionado con la promoción e implementación de acción climática por parte de actores no estatales, como gobiernos locales y empresas.

LA INSISTENCIA DE LA CIENCIA

De acuerdo con el acuerdo –valga la repetición–, el conocimiento científico será “el eje principal” que debe orientar las decisiones climáticas de los países para aumentar su ambición, que debe actualizarse permanentemente en paralelo a los avances de la ciencia. Cabe recordar que más de 11,258 científicos de 153 países publicaron una carta abierta que causó estupor, en la que las mentes más brillantes del planeta advirtieron que deben introducirse cambios dramáticos en la sociedad para evitar «un sufrimiento incalculable debido al cambio climático«. La carta, que puede leerse completa en la revista BioScience, comienza con unas líneas que preocupan:

«Los científicos tienen una obligación moral de advertir claramente a la humanidad de cualquier amenaza catastrófica y de decir las cosas como son», y afirman sin titubeos que «la crisis climática se está acelerando más rápido que lo que preveía la gran mayoría de los científicos».

La advertencia no es sólo un jalón de orejas a los gobiernos y organismos internacionales, sino a los empresarios, al hombre de la calle, al consumidor, al estilo de vida que han adoptado las sociedades más desarrolladas y, por imitación, las menos desarrolladas.

LAS EMPRESAS METEN EL CODO

Por eso, el acuerdo reconoce la acción climática de los actores no gubernamentales, a quienes invitó a que incrementen y generalicen estrategias compatibles con el clima. Se criticó, en ese sentido a las empresas que influyen en los medios de comunicación y en ONGs creadas por ellos para colgarse la medallita de que son verdes, aunque en realidad no lo son. En el diario Milenio, se señala que “gran parte del fracaso fue culpa de los grupos de presión de las corporaciones que tantos gases de efecto invernadero emiten. Algunos son muy evidentes, otros no tanto. Pero el nivel de intromisión llega a todos los niveles y cubre todos los frentes”.
El sabor amargo quedó en las bocas de muchos, inclusive en la de la adolescente Greta Thunberg, alguien así como la Juana de Arco de la crisis climática de nuestros días, y de otros activistas, como Greenpeace, que señaló como «inadmisible que las empresas contaminantes hayan impuesto sus intereses», en tanto que para la WWF, «los países más contaminantes” fueron los que “secuestraron la COP25 de Madrid«. Para la diplomática y economista francesa Laurence Tubiana, directora general de la Fundación Europea del Clima y la inspiradora del Acuerdo de París, la COP25 estuvo “muy lejos de lo que la ciencia nos dice que necesita. Los grandes actores no estuvieron a la altura de las expectativas«.

LOS PAÍSES QUE NO SE AVISPAN

En un reportaje de BBC Mundo, se informa que desde 2007, cuando China pegó el brinco para convertirse en una nación con fuerte crecimiento económico y reorientado a la industrialización, le quitó a Estados Unidos el primer sitio del podio y se convirtió en el mayor emisor de dióxido de carbono del planeta, “una posición que mantiene hasta ahora” y que amenaza el cumplimiento de las metas del Acuerdo de Paris. 
De hecho, en 2010, China pasó a ser la segunda mayor economía del mundo, rebasando a Japón. En la conferencia del clima de 2009 en Copenhague, China aseguró que para 2020 habría reducido sus emisiones hasta un 45% en comparación con los niveles de 2005. Sin embargo, los datos recopilados por el Global Carbon Project muestran que el país asiático está muy distante de cumplir con ese objetivo.
Estados Unidos, el segundo mayor emisor de CO2 tampoco consiguió reducir sus emisiones a pesar de haber cerrado un número récord de plantas de carbón durante 2018, pero eso sí, ratificó su salida del Acuerdo de París en noviembre de 2019. Donald Trump, entre tanto, “relajó las normas de regulación de los límites de emisión de los gases de efecto invernadero”.
Y ¿qué pasa en Latinoamérica? En 2018, toda la región emitió cerca de 17% del total de China, el mayor emisor del planeta. Y de ese total, México y Brasil, las dos mayores economías de América Latina, emitieron casi un 5%, cada una de ellas de lo que China lanzó a la atmósfera el año pasado.
En el Acuerdo de París, firmado en 2015, México se comprometió a que en 2030 sus emisiones de gases de efecto invernadero serían un 22% menores a lo que se esperaría sin planes de reducción. Además, también se comprometió a reducir las emisiones del sector industrial, generando cerca de 35% de energía limpia hasta 2024. Pero, según expertos, el país apuesta ahora, en la 4ª Transformación de AMLO, por el rescate de la industria petrolera y por rehabilitar a Pemex, lo que haría más complicado el difícil propósito de cumplir con esas metas.
 
 

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