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Lo bueno, lo malo y lo feo que llega con el COVID-19 a la Industria del Plástico

La crisis —sanitaria, humanitaria, económica, bursátil, laboral— ya es un hecho.

Esto reclama de nosotros la mayor atención y tendrá que cambiar nuestra visión del mundo. Una vez que lo entendamos, no es el momento de quedarse de brazos cruzados; por supuesto que debemos seguir los protocolos de higiene y sana distancia y, si es posible, recluirse en casa, hagámoslo, pero además tenemos que pensar en soluciones.

La Industria del Plástico está ya haciendo su parte

La incertidumbre, dicen, es peor que la muerte. Por esta razón quiero explicar de la manera más simple posible la complejidad de esta nueva crisis que vivimos como consecuencia de la pandemia del COVID-19 y sus efectos colaterales.
Las cifras de contagios que se reportan cada día son abrumadoras y eso nos conduce a muchas reflexiones en lo social, lo geopolítico y, por supuesto, lo económico.
Al momento en que el coronavirus ya había cobrado miles vidas en todo el mundo y se declaraba como pandemia, se produjo una inesperada y fuerte caída en los precios del petróleo.

¿Cómo sucedió?

Ante la desaceleración económica generada por el virus, sobrevino la primera caída de la demanda de petróleo desde la crisis financiera mundial, en 2009; los precios del petróleo se habían desplomado un 20%.
Ante este escenario, los integrantes de la Organización de países Exportadores de Petróleo (OPEP), que no sólo incluye a los miembros habituales, sino a otros países productores de petróleo, en particular Rusia, decidieron reunirse. Entre ellos debatieron el tema de reducir la producción de petróleo para compensar el colapso de la demanda debido al brote de COVID-19.
A medida que vislumbraron el alcance de la caída de la demanda, Arabia Saudita empujó a los demás países de la OPEP a aceptar los recortes más pronunciados de la oferta, es decir, a bajar su producción; Rusia, sin embargo, no se mostró conforme con el argumento de que reducir la oferta podría ayudar a equilibrar los precios, y se opuso a seguir a Arabia Saudita, quien respondió de inmediato bajando el precio del petróleo sin respetar los acuerdos previos.
Con ese gesto, propinó un golpe durísimo a los países que tienen grandes inversiones petroleras: como Estados Unidos, Rusia, Venezuela, Irán, Australia, y hasta México, que guardan diferencias muy evidentes.

La respuesta de Rusia

El país al mando de Vladímir Putin respondió aumentando su producción, lo que provocó una mayor caída de precios. Claro, países como Estados Unidos, Arabia Saudita y Australia, tienen economías sólidas que pueden absorber el golpe: pierden, por supuesto, pero no quiebran.
En cambio, Venezuela, Irán y Rusia que tienen economías 100% dependientes del petróleo, resienten la medida y no dejan de sobarse el moretón, es decir, lo que le pase al petróleo les pega en su columna vertebral.
Esto acarreará repercusiones políticas que tal vez, con un poco de suerte y algo de estrategia, ayuden a dar jaque mate de una vez por todas a los regímenes anacrónicos de Venezuela e Irán, pero todo depende de la decisión de Rusia de seguir apoyando o no a estos dos países.
En cierto modo, Arabia Saudita se pudo dar el lujo de mostrar a los rusos que pueden manipular el mercado de donde Rusia obtiene sus mayores ganancias.
Sin embargo, el mayor perdedor de este pleito, de manera indirecta, es la industria petrolera de gas de esquisto en Estados Unidos. Con esta guerra de precios en el petróleo quedó al descubierto que la llamada revolución del esquisto, o gas shale, aportó al país norteamericano no sólo importantes fortalezas económicas y geopolíticas, sino también vulnerabilidades.
Por supuesto, parte de la motivación que tuvo Rusia para bajar los precios del petróleo, fue querer frenar la producción estadounidense del gas de esquisto, debido a que la política exterior de Donald Trump atentó en contra de los proyectos rusos, en particular, contra el gasoducto Nord Stream 2, que pretende suplir gas desde Rusia a Alemania.
Esta medida dejó en claro que el «dominio energético» de Estados Unidos tiene sus límites, del mismo modo que China amenazó con tomar represalias por los aranceles estadounidenses, imponiendo sus propios aranceles a las exportaciones estadounidenses de gas natural y petróleo.
Como consecuencia a todo este desbarajuste, las bolsas cayeron debido a que los grandes grupos petroquímicos y las empresas vinculadas a ellos perdieron valor.

Lo bueno

El precio de los combustibles se precipitó de manera importante, provocando una disminución en los precios de los transportes de todo tipo, así como en los costos de energía y, por ende, en los precios de materias primas, productos y servicios; hay que considerar, sin embargo, que al depender en buena parte de la importación, los precios se verán compensados por un dólar más caro.
Si sabemos aplicar bien las fórmulas de precios en los productos, esta podría ser una gran oportunidad para incrementar la capacidad de producción y generar mayores márgenes por aumento de productividad.
El COVID-19 disparó la demanda de muchos productos, por ejemplo, actualmente hay escasez de insumos médicos y de protección, así como una necesidad creciente de usar bolsas, popotes y envases desechables que, poco antes, se querían prohibir por doquier.
Hacen falta guantes, mascarillas, cubrebocas, lentes y caretas de seguridad; batas, ropa médica y un sin fin de productos para los pacientes en todos los hospitales.
Las compras de pánico obligan a los productores a trabajar a un ritmo de marchas forzadas para poder suministrar todas las necesidades básicas de envases, botellas, embalajes y el caudal de insumos médicos que se requieren con urgencia.
De hecho, las ventas de materias primas aumentaron y marzo cerrará como el mejor desde hace varios meses.
La Industria del Plástico, y sus innumerables productos, desempeñarán un papel fundamental en la respuesta a la crisis, y la buena noticia es que tenemos la tecnología y la capacidad de producción para lograrlo, incluso con tecnologías emergentes, como el caso de la manufactura 3D, con la que ya se fabrican mascarillas y respiradores.

Lo malo

Lo malo, y triste también, es que tuvimos que llegar a un extremo tan fatídico para percatarnos de que los plásticos no son los villanos en contra de la salud y la sustentabilidad que tanto se pregonaba. Por fin, las fortalezas de este sector, como la seguridad, la higiene y la resistencia a costos accesibles, brillan por su presencia y manifiestan su importancia.
Los grupos de activistas y ecologistas irracionales que han luchado por desaparecer el plástico de nuestras vidas, tendrán que replantear sus argumentos y promover la gestión adecuada de residuos; la industria espera que valoren al plástico y dejen de motivar las prohibiciones.
Otro aspecto muy malo, sería que el sector se olvidara de la lección que hasta ahora ha tenido que aprender por las malas, relacionado con la sustentabilidad y reciclado.
A los productores emergentes de biopolímeros, tampoco les gustará la idea de un petróleo barato, pero tendrán que seguir encontrando estrategias para mejorar su balance entre sustentabilidad y precio.

Lo Feo

Lo feo es el efecto catastrófico que esta crisis puede provocar con la quiebra de algunos de los proyectos petroquímicos de Estados Unidos aún no consolidados, debido a los márgenes cada vez más apretados propiciados por el aumento de competencia inmersa en una guerra de precios.
Son tiempos inéditos y, sin duda, la recuperación económica de los mercados será muy lenta y probablemente vamos a atestiguar varias alianzas que intentarán salvar a muchos negocios.
No podemos quedarnos sentados de brazos cruzados a esperar ayuda financiera del gobierno, subvención de impuestos o que la divina providencia nos haga el milagro. Tenemos que pensar lo impensable, ser creativos, flexibles para adaptarnos y mantenernos alerta.
La incertidumbre seguirá siendo una constante. Por eso debemos estar muy atentos a cualquier evento geopolítico que ocurra en cualquier parte del mundo. El Covid-19 ya demostró que la humanidad es solo una, y que ya no hay fronteras que protejan a cada país de absolutamente nada.

 

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